De música, cosmovisiones y empatía: el androcentrismo como límite de la capacidad transformadora del rock*

por Lali Tubino

“Era extraño pensar que, hasta la época de Jane Austen, todos los personajes femeninos importantes de la literatura no solo hubieran sido vistos exclusivamente por el otro sexo, sino desde el punto de vista de su relación con el otro sexo. Y esta es una parte tan pequeña de la vida de una mujer… Y qué poco puede un hombre saber siquiera de esto observándolo a través de las gafas negras o rosadas que el sexo le coloca sobre la nariz. De ahí, quizá, la naturaleza peculiar de la mujer en la literatura; los sorprendentes extremos de su belleza y su fealdad; su alternar entre una bondad celestial y una depravación infernal. Porque así es como la veía un enamorado, según su amor crecía o menguaba”
(Virginia Woolf, Un cuarto propio)

Tiempo atrás un amigo escritor me dijo, entre consternado y sorprendido, que le costaba leer a Alejandra Pizarnik porque había algo intrínsecamente femenino en su escritura que lo excluía, algo a lo que no podía acceder en su plenitud.

Comprendí y me identifiqué de inmediato con ese sentimiento de exclusión. Son incontables las veces que escritores hombres me cerraron el paso como lectora solo por no ser miembro del “club de los muchachos”. Pero yo debí sobreponerme rápidamente a la decepción ya que, por ejemplo, en los cinco años de cursado de la carrera de Letras de la UNR, solo dos de las obras literarias de lectura obligatoria que figuraban en los programas fueron escritas por mujeres. Si no hubiera podido identificarme con la “literatura masculina”, habría tenido que abandonar la carrera.

El inconveniente de mi amigo para leer a Pizarnik y la sensación de extrañeza que esa inaccesibilidad le producía derivan de que la perspectiva y el sistema de valores “universales” desde donde estamos acostumbrados a leer el mundo son de carácter androcéntrico. Son los hombres quienes históricamente han producido la narrativa oficial, quienes han escrito la historia de la humanidad tal cual nos la han enseñado. ¿Cómo no extrañarse, entonces, ante una voz que no se centra en la cosmovisión masculina?

A diferencia de los hombres, que no suelen ser discriminados por su género, la exclusión de las mujeres está naturalizada. Estamos tan habituados a verla o padecerla que muchas veces no la juzgamos como tal, porque nos han enseñado a observar a través de los ojos de los hombres, a considerarnos madres, hijas, novias, esposas, amantes o, cuanto mucho, secuaces del protagonista. Hemos tenido que desaprender la historia oficial para comprender la fuente de nuestro malestar y recurrir a los circuitos clandestinos para producir y contrabandear nuestra narrativa. Hemos tenido que cuestionar desde el “sentido común” hasta el lenguaje para establecer una nueva lógica —donde lo masculino dejara de ser universal y completo y lo femenino, incompleto y parcial— y un nuevo código —que vaciara de sentido y resignificara aquel que se nos impuso—.

“Una imagen clásica de los festivales de música estivales es la de una chica sonriente subida precariamente sobre los hombros de alguien, pero pocas veces es una artista mujer quien le devuelve la mirada desde el escenario”
(Anya Pearson)

En una conversación con Ignacio Molinos —músico y productor discográfico, creador del sello Soy Mutante— sobre el número limitado de artistas mujeres en los festivales de rock (tanto extranjeros como nacionales), él proponía como razón principal el poco interés de las mujeres en hacer música: el porcentaje de mujeres que participan de los festivales sería proporcional a la cantidad de mujeres haciendo rock. A mi entender, esta escasez no está relacionada con el interés, la cantidad ni la calidad de las artistas, sino con el androcentrismo del circuito rockero argentino, con la dificultad de los organizadores de festivales y demás actores de la escena, en especial quienes ocupan los espacios de poder y toma de decisiones, para pensar por fuera de la costumbre y del sistema, para trascender los límites del statu quo patriarcal y darse cuenta de que las mujeres no somos solo consumidoras pasivas de bienes culturales (fans, musas y groupies); somos también productoras.

La charla con Molinos viró hacia la relación de las mujeres con la música, un tema demasiado amplio para este texto. Pero si me desafían a pensar en esa relación no desde la teoría sino desde la vivencia, lo primero que recuerdo es la canción que inventó mi vieja para endulzar el despertar de sus hijas en las mañanas, las rancheras y los tangos que me cantaba mi abuela, que popularizaron las cancionistas de 1920 como Tita Merello, Ada Falcón y Azucena Maizani, y las canciones de María Elena Walsh con su montaña rusa de sentimientos y humores. Recuerdo a las maestras de música de cabellos revueltos y polleras a cuadros modelo kilt, que me hicieron conocer a Teresa Parodi, tocar por primera vez un triángulo, sacarle alguna melodía destartalada a la flauta dulce o escribir la clave de sol en un pentagrama. Y pienso en cuántos nos dormimos escuchando las canciones de cuna que nos cantaba nuestra madre o tomamos el mate cocido al son de la garganta de una abuela o una tía, que demostraba sus dotes musicales mientras barría la cocina. Es más, probablemente muchos de nosotros hayamos escuchado cantar a nuestras madres, pero no sepamos si nuestros padres pueden afinar una nota. Entonces, la relación entre música y mujeres se remonta a nuestro origen, tiene aroma a leche tibia y a tostadas con manteca.

Pero volvamos a la ciudad de Rosario en la segunda década del siglo XXI. Ante las preguntas “¿Considerás que la escena musical en la que te movés es androcéntrica? ¿Por qué?” —que forman parte de un cuestionario para músicos rosarinos titulado “15 trazos” que publico en mi blog, Tajos en el Pogo—, la mayoría de los artistas entrevistados subraya el factor numérico: en Rosario hay más hombres haciendo rock que mujeres. Hay quienes agregan a esta idea que la posibilidad de hacer música está al alcance de todos. Para Kimi Neptune (integrante de Daddy Rocks): “El punto de vista masculino prevalece tal vez por una cuestión numérica de hombres participando. El espacio realmente no tiene una cerca que diga ‛mujeres acá no’”. Osvaldo Zulo (Operativo Exposición Total, Víctima del Vaciamiento), con la intensidad y la bravuconería que lo caracterizan, lanza: “… en la mayoría de los lugares que voy hay más hombres haciendo y opinando que mujeres, pero eso es responsabilidad absoluta de las mujeres. Los tiempos cambiaron, no estamos en 1920, las chicas podrían involucrarse más si quisieran. Creo que prefieren otras cosas, eso es todo”. Mauro Digerolamo aporta una idea diferente, en la que “lo femenino” no sería patrimonio exclusivo de las mujeres: “… creo que los hombres artistas muestran su lado femenino, así que se podría hablar de más presencia femenina en la música, nada más que hecha por hombres”; luego se adentra en terreno pedregoso: “Hay mujeres que se quejan un poco de eso del androcentrismo, pero la verdad es que no hacen discos ni forman bandas como los Beatles, Nirvana o Spinetta, que hacen que hombres y mujeres nos sintamos identificados”. Y es justamente allí, en la imposibilidad o dificultad de empatizar, de identificarse con cualquier perspectiva que no sea masculina, donde radica la esencia del androcentrismo.

Algunos de los entrevistados van un poco más allá en sus reflexiones y consideran un panorama más general: la cosmovisión es androcéntrica y el machismo atraviesa todas las instancias sociales, por lo que es lógico que ocurra lo mismo con la música. En este sentido, Franco Ingrassia (miembro fundador de Planeta X) menciona que, con un poco de perspectiva, fue notando cada vez más el androcentrismo de la escena, y menciona el papel que en esto juegan la costumbre y la educación: “Las tramas de reproducción del machismo son capilares y operan moldeando la subjetividad desde mucho antes (los juegos y juguetes ‛para nenas’ y los juegos y juguetes ‛para varones’, etc.) de que alguien piense en ponerse a tocar un instrumento, hacer música o armar una banda”. Mariano Conti (líder de Aguas Tónicas) destaca un rasgo que caracteriza la mentalidad rockera: “El rock tiene una cuota importante de machismo y conservadurismo. Las cosas van cambiando, pero la balanza está aún inclinada hacia el lado masculino”.

Mientras muevo la cabeza, extasiada, al ritmo de “Hey Joe”, me asalta la idea de que, si bien he dejado atrás la ingenuidad, aún puedo disfrutar de una canción que narra la historia de un personaje cuya heroicidad radica en ser un forajido que huye de la justicia tras asesinar a su mujer (el femicidio como forma de rebeldía y de liberación): la muerte, en especial el asesinato, de una mujer es un tema clásico del imaginario del rock. De John Lee Hooker a Nick Cave, de los Rolling Stones a los Guns N’ Roses, el componente misógino atraviesa y condiciona la cosmovisión rockera desde el origen del género, intensificándose a partir de la relectura del blues que hicieron los grupos ingleses de las décadas de los 60 y los 70, como los Stones, los Zeppelin o los Pretty Things: la reivindicación de la masculinidad y el orgullo de hombre negro en el viejo blues norteamericano se vuelve despliegue de machismo y arrogancia de adolescente blanco en el rock.

Muchos de los entrevistados subrayan el hecho de que el circuito ha ido evolucionando hacia un espacio más inclusivo y diverso, que cada vez es mayor el número de chicas que se dedican a la música en la ciudad. Valentín Prieto (del sello Polvo Bureau) destaca un aspecto importante: “Creo que hace falta más presencia femenina en otros ámbitos del ‛rock’, no tanto en el escenario porque siempre hubo muchas artistas de calidad en Argentina. Hoy en día, tanto en Rosario como en el país, hay calidad y cantidad, y artistas que se la juegan, que componen y producen cosas de gran valor”. Jose Maidagan (integrante de Mi Nave) augura un futuro esperanzador: “Cuando yo empecé, en Rosario éramos pocas chicas en el ambiente, y supongo que antes de eso había menos mujeres todavía. Pero ahora hay muchísimas más, y seguro que llegará a haber la misma cantidad de mujeres que de hombres; es cuestión de tiempo”.

Más allá de la necesidad de democratizar e hibridar los espacios de toma de decisiones y de que quienes ocupan los puestos de poder del campo cultural comprendan la necesidad y el beneficio de fomentar la diversidad, sería inspirador que el compilado del sello under W no fuera un océano de testosterona, que la presencia de mujeres en la portada de la revista musical autogestionada X no se limitara a una chica subida a los hombros del novio en el Lollapalooza, que hubiera más de una única artista mujer en una sola de las siete bandas que actúan en el festival de música independiente Y, que las letras de la banda punk Z no reprodujeran estereotipos y conceptos misóginos, funcionales al sistema heteropatriarcal capitalista.

Dicen que no debemos pedirle al rock nada más de lo que el rock puede dar. Quien acuñó esa frase podría irse bien a la mierda. ¿Hasta qué punto puede ser liberador el rock si no nos libera de nosotros mismos? ¿Por qué no esperar que profundice su rebeldía hasta convertirla en revolución? Yo voy por todo y le pido menos autocomplacencia y más valentía para mirar hacia adentro y cuestionar los propios prejuicios y privilegios, y que el mainstream (que llega siempre tarde), los machos y los fachos bufen.

*Texto publicado en abril de 2015 en Anuario: Registro de acciones artísticas, Rosario 2014.

Lali Tubino https://tajosenelpogo.wordpress.com

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