Afectaciones en danza: Tango queer como metáfora para las relaciones

TwoWomenTango

Por Mayra Lucio

METÁFORAS

La danza como metáfora. Me siento a escribir sobre algo que desde los dieciocho años he venido haciendo de manera entrecortada pero no menos apasionada, ponerle cuerpo a la danza del tango. Una danza popular que carga con representaciones tradicionales pero también con sus alternativas que de alguna manera las subvierten. En este sentido creo que el cambio de roles, conocido como tango queer nos ofrece metáforas para pensar las relaciones, el género, los deseos…

Cambiar los roles, saber que yo ocupo un lugar, que es temporal y consensuado, que pronto no será mío, y yo estaré en el tuyo. Que la circularidad del poder nunca fue tan física como cuando se cambian los roles en una misma danza, que me dejan decidir un rato nomás pero que es ficción, que el control y el poder son cosas que se pierden, porque ceden, se comparten. Que el sometimiento a la voluntad ajena no se termina de ceder, que siempre puedo cambiar las cosas, volver a proponer, decidir también. Y al revés, que el otro o la otra siempre me concede cierto control de las cosas por un rato nomás, y nunca de manera absoluta. Porque no existe el control de las cosas, por otra parte.

No sale como quiero, sale como sale, por eso no hay error, porque la sensibilidad que emerge es la de dos personas abrazadas. El equilibrio se comparte, ya no está en el eje del cuerpo, cabeza, columna cadera, del talón se corre al metatarso porque ahora el centro es ese espacio creado entre los cuerpos, como un tercer cuerpo que se mueve gracias a percibirse como tal. Hay entrega pero también límite, es estar receptivxs, relajadxs pero no del todo. Nunca entregamos el poder del todo, hay tensión, conflicto y amorosidad. Porque todo está circulando, en movimiento y escucha permanente. A eso llamo comunicación. Y cuanta mayor comunicación hay, mejor es el movimiento del tercer cuerpo.

La historia del tango es una historia desdibujada, poco nítida, nunca se ha definido bien, y lo que hay son bocetos y  mitos montados sobre los territorios orilleros que sí existieron para acogerlo. Territorios subalternos de una joven, blanca y pretenciosa Buenos Aires que se armaba de a poco, imponiendo la negación de esas otras pertenencias indígenas, afro, anarquistas, que también existieron, para mezclarse y dar origen a subculturas nuevas. Hacia 1880, el candombe rioplatense y una conjunción de diferentes géneros musicales fueron dando forma a un ritmo y sonidos orilleros que se volvieron especiales, comenzó a sonar a tango. Y también fueron nuevos esos modos de bailar abrazados entre dos personas, entre varones, entre mujeres, entre varones y mujeres, cerca de los fandangos, en las calles de conventillo y en los prostíbulos. Al principio, las letras tenían alto voltaje sexual -y patriarcal, luego sobrevino una decencia igualmente normativa y mojigata que encorsetó la lírica y los estilos de la danza, estereotipando los roles tradicionales de género. Como se esperaba, la frescura y plasticidad de los inicios no durarían mucho.

 

VARON – MUJER, la danza paki

La seducción heterosexual cristalizada en los cuentos de príncipes tradicionales, se establece como metáfora para la relación que se da en la danza. El varón elige a la mujer, la invita con un cabeceo, la conquista. La mujer debe aceptar esa iniciativa si no quiere luego que sobre ella recaiga la condena social que la llevaría a quedarse sola para siempre, algo que en la milonga se conoce como “planchar” toda la noche. Se trata de un rescate, ella fue seleccionada del ejército de reserva de mujeres, debe mostrar gratitud de princesa.

El varón guía a la mujer, le marca el ritmo, señala los pasos por dónde caminar…con los brillos y tajos de su atuendo, la mujer “se luce”, dicen los milongueros. No hace falta que piense ni haga nada de más, mientras sepa dar los pasos correctos. Si la mujer no sigue adecuadamente los pasos del varón, ella tiene la culpa. Se la señala como “pesada”, es un mueble, una “heladera”, como se las suele llamar. Así también, esta selección coincide muchas veces con variables no valoradas por los señores varones que asisten a las milongas y que, como jurado, evalúan que la belleza y la juventud también son atributos loables que hacen a la liviandad de una mujer (no importa que no baile bien después de todo, siempre que pueda lucirse). Qué lindos que son los adornos.

Según cuentan las malas lenguas, en las milongas heterosexuales hay levante y hay “libertad sexual”, entre comillas por supuesto. Como siempre, la letra chica aclara: la libertad es para los varones. Es curioso cómo las metáforas se trasladan, saltan de una esfera a otra, de la danza a las relaciones y de las relaciones a la danza. Cómo las mujeres están caracterizadas por la mirada del varón: son pesadas o livianas, según se aguanten la lógica de pasos inconsulta y maniobrada en sus cuerpos por el varón que las invitó a bailar, que las hizo bailar. Y también, son pesadas o livianas, según se aguanten la lógica de selección, la práctica sexual, el pedido de discreción y el descarte masculinos. La que no, la que tiene su tiempo propio para procesar el paso de baile, la que no comprendió o no quiere comprender del todo la señal del cuerpo ajeno, la que se anima a proponer el paso a seguir -en la pista o en la cama, la que se enamora o no se enamora pero no le importa mostrarse públicamente con su pareja sexual: esa mujer es una pesada. La connotación negativa cae aplastante para desmerecerlas a las no dóciles, a las que manifiestan otra forma de hacer y entender los placeres.

 

QUEERER BAILAR, TANGO QUEER

En las clases de tango, cuando no hay suficientes cuerpos-con-género para corresponder al rol de tango asignado, se suelen escuchar preguntas como estas: “¿quién hace de hombre?” o “¿querés que yo haga de mujer?”. “Hacer de”. Si esto no es ficción, qué es. Me recuerda mucho a las ideas que el pensamiento heterosexual se hace al esforzarse por imaginar una relación lésbica o gay (“¿quién hace de varón y quién hace de mujer?”) ¡Parece que siempre hace falta un varón y una mujer para cualquier cosa que haya que hacer de a dos! 

La performatividad de género es cita obligada ante esta necesidad de tener un género para poder bailar guiando o siendo guiadx. Al igual que otras danzas de a dos, el tango tradicional hace de la dualidad de roles un binarismo de género. Impone la heterosexualidad dando lugar a una sola posibilidad de cuerpos relacionados, y por tanto, excluyendo las múltiples posibilidades de combinar los cuerpos. Abrir la cabeza y entender que la danza puede bailarse entre varones o entre mujeres, o entre varones y mujeres pero éstas últimas guiando a los primeros. Remover el género del rol, es también abrir las puertas a todo género que quedaba por fuera  o mal vistas desde el binarismo heterosexual, como las travestis, los varones trans, intersex, las lesbianas que no se identifican como mujeres y otras corporalidades que rondan lo queer.

¿Cómo se soltó el género del rol? La historia es corta. En los últimos quince años, el tango danza revivió a la par de lo musical con nuevas generaciones, amplificándose, reinventándose. El cambio de roles tiene su origen en la Escuela Argentina de Tango, a manos del profesor Dinzel que, aunque chapado a la antigua, posibilitó la experiencia para camadas de profesorxs que del 2000 para acá se formaron en su escuela. También se relaciona con la propuesta iniciada por Naveira, que transcendió como Tango Nuevo, que es un abordaje más racionalizado y estilizado de bailar, involucra mayores variaciones y calidades de movimiento con códigos más relajados si se quiere. Algunxs bailarinxs de esta camada semillaron en espacios de cultura under, como La sala o la Asamblea de Villa Urquiza, espacios a los que tímidamente asistí para aprender a cambiar los roles, allá por el 2006 ó 2007. En la investigación que hice para la tesis de licenciatura en antropología, encontré que la propuesta de cambiar los roles, hasta ese momento marginal, cobró legitimidad en lo que hoy conocemos como Tango queer.

El hecho fundante es la Milonga Tango Queer de Buenos Aires, como espacio dedicado a los cuerpos y expresiones no heterosexuales del tango (así también, la milonga gay La Marshall empujó el cambio de roles con una propuesta similar). La profesora lesbiana que impulsó la milonga, instituyó el cambio de roles como rasgo principal del aprendizaje. Gracias a ello, a lo largo de los años pude ver su arraigo.

A lo largo del tiempo, algunas clases de Tango nuevo tomaron la propuesta como una mera técnica y pedagógica de perfeccionamiento, o un sustituto de los cuerpos faltantes, incluso un juego informal que reponía su seriedad al momento de la milonga heterosexual. Pero en la Milonga Queer, cambiar los roles se transformó en algo más: era ya un estilo. Porque hacerlo de esa manera tenía sentido en sí mismo: el placer de bailar un rol u otro, guiar o ser guiadx, sin importar su utilidad o su función. ¡Además de remover la heteronorma era muy divertido cambiar de roles!

La Queer es amigable para todxs lxs “pesadxs” que quieren bailar y no saben, para las que queremos sacar a bailar y no podemos, para quienes preferimos preguntar antes que cabecear, para quienes queremos bailar en zapatillas (ojo con las rótulas) o en jean y remera o queremos bailar de a tres o de a cuatro, u otro género musical en forma de tango… Así también, la milonga se volvió distinta en sus modos, mucho más relajados que la etiqueta milonguera del cabeceo, ropa de gala y de zapatos estrictos. Demasiadas cosas se remueven cuando la norma heterosexual queda fuera de la pista.

Y de lo micro a lo macro, el tango queer se empezó a contagiar y saltó de la milonga de origen hacia otras pistas y propuestas, como la actual práctica y milonga del Tortazo que se da una vez al mes en Tierra Violeta. Hoy es casi un presente de ciencia ficción, en el que la propuesta extraterrestre de cambiar los roles comienza a verse como una posibilidad. Y así fue que en diez años asistimos a un cambio cultural tan hermoso como revolucionario: está dejando de ser relevante el género y la orientación sexual para poder bailar. Deja de importar. El sentido común se rompe, ya no tiene nada que ver el género con cómo bailar un tango. Zanahorias con delfines.

 

LO TANGO-QUEER ES POLÍTICO

Hace unos diez años, cuando la milonga Tango Queer de Buenos Aires arrancó, la palabra “queer” era totalmente extranjera y poco anclada. Apenas entendíamos de lo que hablábamos. Hoy, podemos decir que por estas latitudes esta palabrita ya nos suena más y tenemos alguna idea de qué se trata (para bien o para mal). Y es que se hizo paso al andar.

Como teoría activista y como identidad política, la palabra queer condensa una resistencia a la violencia homofóbica impartida desde los cuerpos signados por la heterosexualidad normativa. Desde lo queer se pretende cuestionar los binarismos sexogenéricos, masculino/femenino, varón/mujer, heterosexualidad/homosexualidad. Las identidades transgénero se hacen eco en este nombrarnos removidxs del mundo dual. Mientras tanto queda la duda de la relación de lo queer con las estructuras de poder, que como tales funcionan como oposiciones para describir lo real en clave de dominación/sometimiento. Profundizando el paréntesis, llamo la atención sobre la relación de proximidad y distancia que siento con la palabra, que resuena tanto en bocas de clase media como la mía y tan poco en barrios y vidas menos privilegiadas que le dan cuerpo a las estructuras de desigualdad que nos atraviesan. En este sentido destaco la diferencia entre lo trans y lo trava, impronta que no nace de los libros sino de la expulsión a las calles, de ese nombre gestado al calor del activismo sudaca y que tiene poco o nada de queer. En lo personal, tengo un pie en cada lado del río, de considerar las desigualdades colectivas a los activismos que se anclan desde escalas más individuales/individualistas, desde ya que pretendería mover los roles si esto fuera una danza, no puedo ni quiero pensar uno sin el otro, creo que sería renunciar a escalas de sentido, lo individual y lo colectivo…Entonces, sin perder la mirada de clase, la pregunta pasa por el potencial subversivo que puede tener la “performatividad de género”, como cambiar los roles en las danzas populares, cuyo folklore es tradicionalmente binario.

Es una gesta de cambio de rumbo que se vive desde cada cuerpo. Por el mío han pasado distintas sensaciones de femineidad y masculinidad cuando arranqué con el rol de llevar en el tango. Me sentía rara, masculina. Luego, esa sensación desapareció, había sido temporaria, pasajera. Así como habitar prácticas sexuales por fuera de la heterosexualidad pueden sentirse ajenas hasta que dejan de serlo. Ya no era ni masculino ni femenino poder guiar o ser guiada. Los roles de danza habían perdido la connotación de género, incluso de orientación (hetero) sexual. Es la desprogramación de género no racionalizada ni planeada con antelación, la que sucede desde la misma práctica. Una subversión encarnada que puede extenderse como experiencia colectiva.

Es impresionante haber visto nacer una propuesta contra normativa, cómo fue desplegando sus pétalos, ramas y monstruosas raíces hasta salirse de las cuevas que le dieron origen y extenderse lo suficiente como para disputar la tradición. Es la revancha de la historia, emociona.

 

TANGUEO PERREO

Cuando bailamos pasan cosas que no pasan en otra parte. Hay un goce, un placer de bailar, cualquier danza, popular o no, con técnica o sin ella, en clases o fiestas. El placer del cuerpo (que suele pensarse solo para lo sexual), el goce de contacto con otros cuerpos, la intimidad fugaz de bailar un tema agarradx o sueltx. Tango, rock, cumbia, reggaeton, contact improvisación, folklore, candombe, salsa, lo que suene en la lista. La connotación “sexual” puede estar más o menos presente, según la representación popular que tenga cada danza, pero no tiene que ver con ese “pasarla bien” que sucede cuando los cuerpos están juntos, encontrados en el anonimato de una pista de baile.

Hace poco empecé a ir a unas clases llamadas “de entrenamiento queer”, donde aprendemos distintos géneros latinos asociados al reggaetón, el salsatón, el hip hop, el afro beat y tantos otros que aún no recuerdo su nombre. No es para varones heterosexuales, sino para lesbianas, mujeres, maricas y travas (que no vienen pero podrían). Hacemos los dos roles que en clave torta se sienten algo desdibujados. Es fascinante cómo a las feministas el perreo viene a interpelarnos al máximo. Porque efectivamente, los roles de danza emulan los de género, y en el perreo en particular, emulan la hetero-práctica sexual en representaciones casi literales del mandato varón-penetrar-mujer. El varón siempre provocado por una mujer siempre caliente que lo provoca, lo justifica a él en su accionar, y en su no mover la cola. El estereotipo de la puta deseante/complaciente se nos filtra poniéndonos contra la pared a las feministas que nos encanta perrear (cuánto peor si somos abolicionistas). Pero sí, incluso ese “ser puta” tiene mucho de mí, si de estereotipo se trata en su fantasía normativa y falaz de libertad sexual, tan contrastante con las putas de carne y hueso que no la pasen tan bien como la venden. Ser perra, gata, trola se recupera y resignifica  desde el feminismo al dejar de lado, justamente, a los tipos. Simbólicamente en primer lugar, también materialmente (no perrearía con cualquier varón heterosexual).   

Toda esa potencia contenida en las caderas, la pelvis, el mover el  culo, es demasiado placer junto. Nota al pie: hay una relación muy primaria entre el movimiento de la cadera y el sistema nervioso, que aún no he investigado y seguro ni haga falta para fundamentar el goce pero me parece lindo rescatar que es un placer que nos circula desde que nacemos. Es una herencia de riqueza sensorial, de todxs los cuerpos, que el patriarcado justamente ha querido siempre controlar con prescripciones sobre el cuerpo a través de religiones, reglas de alimentación, prohibiciones, mandatos, abstinencias, ingestión de drogas, de heterosexualidad normativa y maternidad forzada, de matrimonio y prostitución, de división sexual del trabajo y de roles de danza.

El hecho es que aún a pesar de los estereotipos, o a causa de ellos, hay una fuerza de disrupción imparable cuando nos animamos a ocupar el espacio que nos fue vedado, cuando meneamos entre nosotras o nos llevamos una a la otra, en la milonga, la tanda entera de cuatro tangos. Cuando nos guiamos y dejamos guiar, cuando hacemos de mujer y también hacemos de varón…es que ese movernos de rol nos hace olvidar el género, nos hace moverlo en verdad, volviéndonos no binarixs, trans, xxy, disidentes. Ahora que la imaginería de los aliens tiene tanta vida en nuestras representaciones activistas, me imagino dos aliens bailando Pugliese y se me cae la baba. 

 

RELACIONES FEMINISTAS

Para bailar improvisando los roles y los pasos, hace falta una conexión suficiente entre los cuerpos. Hace falta ese abrazo, no solo de forma, sino atencional, emotivo. Estar presente en ese tercer cuerpo que se arma de a dos. No hay lugar para automatismos, ni fórmulas repetidas. Porque el tango puede romper al máximo con lo coreográfico al descomponerse en pasos, es una de las danzas más improvisadas que existen. Es una forma de caminar con otrx. Las figuras se arman a medida que se hacen, que se juegan en la pista, con distintas intensidades y calidades de movimiento. Hay lugar para que los cuerpos se entrelacen, pero también se distancien, giren y hasta se detengan…

El cambiar los roles posibilita experimentar las distintas sensaciones que se juegan en uno y en otro lugar, la forma distinta de mirar la pista, de sentir el cuerpo, de iniciar la acción o quedar a la espera, de jugar a fusionar los roles…uno más propositivo, el otro más en un lugar de respuesta, son dialógicos y pueden mutar cada vez que se desee. Es una conversación que puede darse por tandas definidas, bien demarcadas, consensuadas previamente o bien en fragmentos cortos, espontáneos, no tan pautados. Posibilita un juego donde se pierden los estribos fácilmente porque de a momentos no sabés quién está llevando a quién, es un compartir continuado. No hay una prescripción que señale la danza más que los cuerpos situados en un espacio y tiempo. La danza se arma a medida que se hace en ese abrazo que se pone en movimiento, ni un segundo antes. Por eso no hay una forma correcta de hacerlo, y por eso no existe el error. Estalla la normativa pre-establecida de cómo debe ser la danza, o una relación.

La improvisación compartida hace al tango de una libertad creativa que lo constituye, y en ese sentido tiene una enorme fuerza poética. Así, surge la metáfora del tango queer para pensar las relaciones. Podemos decir que nos sirve aquí como metáfora de vínculo, porque se plantea como roles con igual valor y con posibilidad de ser rotados, y también es particular, porque lo que sucede en cada abrazo es único. Cada calor, tamaño corporal, altura, forma de moverse y de tocarse, lo son.

El espíritu improvisado crece con el cambio de roles del Tango queer. Es relacionarnos desde la igualdad, buscando ese puente común entre los cuerpos abrazados, más allá de su género u orientación sexual. La comunicación que se despierta y agudiza a partir de ese entrelazarse sensible, latente al cambio, viabiliza el propio goce sin desatender lo que puede desear o necesitar el otro cuerpo. Estar atentx al otrx, con una concentración suficiente que antes que olvidar el disfrute, lo potencia, con agilidad refleja y creatividad emergente.

Esta soltura se da también alrededor del baile en sí, cuando las personas circulan libremente para invitarse a bailar, donde las parejas de baile rotan y al cabo de la noche pasaste por mil abrazos, complicidades y parejas de baile. Algo se afloja en el herrumbrado mandato de amor posesivo. En este sentido, el tango también hace justicia con ideales libertarios de amor libre, que tomados aquí con liviandad, rotar las parejas todo el tiempo en la pista de baile puede ayudarnos a comprender un poco más que los placeres pueden compartirse. Siempre que haya códigos comunes, hay más para ganar que para perder.

“Estar en relación” como bailar de una manera atenta, consensuada, amorosa, son esos los términos. Y destaco, sobre todo teniendo en cuenta el placer que nos causa hacerlo de esa manera. Porque nos acostumbramos a asociar lo placentero con lo desigual, con lo violento, cómo las fantasías sexuales de dominación/sometimiento calientan más que una fantasía que basa su erotismo en el consenso y la no imposición. Descolonizar nuestras fantasías, es una inmensa tarea revolucionaria del feminismo y tiene que ver con esto, con recuperar el placer que nos dan las prácticas de goce, escucha y consenso mutuos. Si lo pienso en clave feminista, el Tango Queer resulta una hermosa metáfora por su fortaleza y profundidad para pensar el amor y las relaciones, con amigxs, amantes, novixs, compañerxs de todo tipo, tamaño y color. Todos y cada unx deben comprenderse en cada abrazo.

 

          

 

 

 

Mayra Lucio: es feminista y antropóloga, escribe desde siempre pero le cuesta la palabra escritora. Publicó un libro de poemas hace aproximadamente diez años, Amanecer Oscuro, en Milena Caserola. Tiene dos blogs que agrupan algunos poemas, apocalipsismiau.blogspot y ardipapi.blogspot. Escribe cuentos, notas y también textos de corte académico en torno a la antropología del cuerpo y de género, tango queer, racismo, entre otros temas. Publicó un capítulo de su investigación sobre el cambio de roles en el tango danza, en el libro Cuerpos en movimiento (Biblos, 2012) y unos escritos en Cuadernos de Existencia Lesbiana y en revista Matria. Ha hecho tres fanzines con el grupo activista Maleza sobre feminismo, prostitución, disidencia sexual y terroerotismo poético. Entre las diversas búsquedas, hay un incesante patrón de entrecruzar prácticas corporales con teorías, imágenes, palabras. 

 

 

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